RELACIONES INTERNACIONALES
1. Principios ideológicos rectores de las relaciones exteriores
Un movimiento de defensa de la propia identidad y de la propia soberanía nacional que al mismo tiempo se exige fidelidad a una ética universal -si bien no universalista- está obligado a mantener como principio ideológico fundamental de su política exterior el respeto a la soberanía y a la identidad de todos los pueblos en el ámbito de su territorio nacional. Tradicionalmente se ha llamado «imperialismo» a las actitudes que no se atienen a este respeto; podemos decir que hoy el «imperialismo» está representado esencialmente por los planes de mundialización económica propulsados por las élites financieras y por el comportamiento prepotente de los Estados Unidos de Norteamérica (U.S.A.). La proyección lógica al exterior de nuestra ideología pasaría por la creación de un frente de naciones empeñadas en la lucha contra cualquier tipo de «imperialismo» proveniente de U.S.A., de instituciones políticas o militares supranacionales o de grandes intereses económicos. En esta línea apoyamos, por ejemplo, las reivindicaciones nacionales del pueblo palestino y de otros países árabes.Todavía por encima de la solidaridad basada en la común defensa de las respectivas soberanías nacionales, para una iniciativa política que tiene como tarea imprescindible la reconstrucción de un sentido ético y espiritual de la existencia, existe una solidaridad universal entre los hombres y los pueblos, fundamentada en la condición humana compartida. En última instancia lo que nos une es mucho más importante que lo que ocasionalmente pueda separamos.
Finalmente es obvio que una consideración de la vida política que aspira a reanimar las señas de identidad colectivas no puede ser, a la hora de diseñar una política internacional, insensible a las afinidades históricas y culturales que vinculan a los pueblos.
2. Condiciones reales de la política exterior
Nadie ignora que la política exterior de una nación está obligada a ser implacablemente realista y que no puede permitir que afinidades o antipatías culturales o ideológicas perturben la claridad de la mirada, so pena de cometer errores que, en este delicado ámbito, pueden fácilmente revelarse gravísimos de forma inesperada. Y hay que ejercer este realismo en primer lugar en esa descripción y en esa evaluación de la situación internacional, presente y futura, que han de servir de base a una toma de decisiones.
En general pueden reducirse a tres las causas que llevan a los países a alinearse en política internacional en bandos o bloques, que en general existen siempre aunque en determinados períodos estén más difuminados o menos consolidados.
Estas causas son:
- afinidad cultural, religiosa, ideológica...
- comunidad de intereses económicos;
- complementariedad geoestratégica o geográfica.
Con el derrumbamiento del muro de Berlín y el final de la «guerra fría» hemos presenciado el dislocamiento de un orden mundial vertebrado por la tensión entre dos grandes bloques de origen ideológico y que dejaba en su periferia a un conjunto de naciones agrupadas bajo el título genérico de «Tercer Mundo». De esta disolución surge inevitablemente un período de relativa inestabilidad y que puede considerarse como de transición; es el momento en el que estamos. La pregunta inmediata es: ¿hacia dónde tenderá la situación geopolítica internacional en el futuro?
Desde la admisión crítica de los ideales ilustrados que caracteriza nuestro planteamiento es preciso cierto escepticismo en relación a esta tesis. El desconocimiento de la naturaleza real humana, de sus relaciones con el entorno etc, hace al proyecto liberal capitalista un mal candidato para instaurar de hecho un orden mundial perdurable: ya hemos mencionado las contradicciones y los límites en los que visiblemente incurre de manera cada vez más profunda. Una tesis alternativa sobre el futuro geopolítico del mundo es la que prevé una estructura multipolar acompañada de cristalización de zonas geopolíticas y con una cantidad variable de tensión y desequilibrio. Estas grandes zonas se aglutinarían según diversas combinaciones de las tres causas de formación de bloques que hemos citado. Algunas de las zonas resultantes podrían ser:
- U.S.A. y los países anglosajones: Canadá, Reino Unido...
- Europa occidental.
- Países árabes o islámicos.
- Hispanoamérica.
- Sureste asiático.
Todavía quedarían grandes interrogantes acerca del futuro de China, Rusia y África.
Una evolución de este tipo es la que nos parece más probable. Con toda una iniciativa política no puede dar el futuro, ni siquiera en política internacional, como decidido de antemano, sino que tiene que contemplar una posibilidad de influir en él, tiene que concederse un margen de maniobra. Después de preguntar cuales serán los probables derroteros del mundo hay que calcular los posibles riesgos y las probables ventajas de cada uno de ellos y todavía después hay que decidir qué sería en conjunto deseable y cómo se puede aumentar la probabilidad de que ello suceda. Desde esta perspectiva tenemos que plantearnos en cuál de las grandes zonas futuras debería estar nuestro país, cómo serían las relaciones con países de otras zonas, cuáles serían nuestros enemigos potenciales, etc.
En general es la realidad misma la que impone la solución a estos problemas. Es evidente que España no puede estar en el futuro más que en el área geopolítica de Europa occidental. Ahora bien, para que los intereses españoles y los de una futura Confederación Europea resulten bien defendidos en el escenario internacional es absolutamente preciso que Europa se zafe de la tutela norteamericana. Por otra parte, Europa occidental debe intentar por todos los medios atraerse al Este europeo y evitar la formación de un bloque distinto y potencialmente hostil en su flanco continental. La reorientación de Europa hacia sí misma debe facilitar este intento.
En este panorama, España se encuentra en una encrucijada cuando considera el problema de sus relaciones con Hispanoamérica. Por una parte, es altamente improbable que haya una posibilidad de que nuestro país integre un bloque geopolítico con sus antiguas colonias. Hay que tener en cuenta que, además de la distancia geográfica, existen apreciables diferencias de desarrollo cultural, tecnológico y económico entre España e Hispanoamérica. A esto hay que añadir que, por la lógica de las cosas, el Sur de América tiende a construir paulatinamente una identidad propia en la que lo hispánico es solamente uno de los elementos, si bien probablemente, el de más peso cultural. Sin embargo, la actitud realista que nos lleva a ver nuestro futuro esencialmente en Europa, no debe, por otro lado, impedirnos ver, como sucede ahora, que en Hispanoamérica existirán siempre grandes sectores de la población de cultura casi totalmente hispánica y con los que será fácil cultivar y desarrollar vínculos efectivos. España tiene grandes compromisos morales y grandes intereses en Hispanoamérica. En primer lugar, España, sola o con la ayuda de Europa, tiene que empeñarse en la difícil tarea de contrarrestar la creciente influencia norteamericana en esa zona; una influencia no sólo política y económica sino también cultural e incluso religiosa. Es obligación moral de España, obligación que coincide además con evidentes intereses políticos, el ayudar a Hispanoamérica a encontrar una identidad propia y el camino de una unidad geopolítica independiente de U.S.A. Una unidad geopolítica en el continente suramericano, independiente de los Estados Unidos, y con la que España mantuviese relaciones privilegiadas sería tal vez la mejor de las alternativas posibles.
Es necesario no desconocer que el destino europeo de España, unido a la necesidad de que Europa «se expanda» hacia su ala oriental, puede conllevar situaciones virtualmente peligrosas para nuestro país. El núcleo político de Europa puede, en efecto, desplazarse hacia el centro y el Este del continente y Alemania puede intentar una posición hegemónica basada en sus lazos con sus vecinos orientales. Por eso es absolutamente necesario que España refuerce su posición política dentro de Europa. A este fin pueden y deben seguirse simultáneamente estrategias como:
- Intensificar los lazos con el resto de países europeos; diseñar estrategias comunes con los países de intereses comunes.
- Hacer valer nuestra condición de interlocutores privilegiados con
Hispanoamérica.
- Hacer valer la importancia estratégica de nuestra posición geográfica como nación fronteriza de Europa.
Hay que reconocer peligros potenciales, que no siempre tienen fatalmente que realizarse como tales, en ciertos países o bloques. En primer lugar, U.S.A. y su zona de influencia, en virtud de su evidente afán hegemónico y su persistente voluntad de relegar a los países europeos al papel de comparsas en su política internacional. También determinados países de África y Asia impulsados por un fundamentalismo religioso agresivo podrían eventualmente convertirse en amenazas. A este respecto hay que hacer las siguientes consideraciones:
- El enfrentamiento de EEUU con ciertos países árabes o musulmanes no es, con frecuencia, más que la acción ejecutora del brazo armado de la mundialización, con el que no podemos establecer ninguna colaboración.
- Hay que condenar el terrorismo de todo tipo: el practicado por el integrismo islámico igual que el terrorismo de Estado practicado por los EEUU o Israel.
- En los países que amparen el terrorismo o sostengan posiciones religiosas expansionistas no podemos ver futuros aliados sino más bien potenciales enemigos.
- La progresiva islamización de España y Europa, vía inmigración y natalidad, debe ser evitada; e igualmente un posible desplazamiento de la población inmigrada hacia el integrismo islámico, como forma de reafirmación identitaria en respuesta al desarraigo. Respecto a esto hay que señalar que la religión musulmana, en cuanto vivencia religiosa personal, debe estar protegida por la libertad de religión, pero que en muchas interpretaciones del Islam no se distingue entre autoridad política y religiosa, de modo que la islamización de nuestro territorio puede equivaler a una creciente presencia de colectivos políticamente obedientes a intereses extranjeros, además de culturalmente ajenos y hostiles.
- En nuestro posicionamiento general debemos centrarnos en la defensa de nuestra soberanía, manteniendo un equilibrio de repulsa equidistante frente al imperialismo estadounidense y al expansionismo islámico.
Por otra parte, el Sureste asiático, como bloque económico, podría ser un competidor del que, por motivos sociales, habría que protegerse económicamente. Como conclusión podemos dividir nuestra visión de la política exterior en dos niveles:
- política nacional en sentido estricto: la posición de España en Europa y con relación a Hispanoamérica;
- política de zonas: la situación de Europa en el mundo.
La voluntad de recabar nuestra identidad y nuestra soberanía nacional no debe impedimos ver que nuestra salida al escenario mundial tiene que hacerse esencialmente dentro de una Europa que actúe de cara al exterior como un bloque geopolítico único.
No reconocer esto sería perder el primer requisito de la cordura en política exterior: el realismo.
