Demografía

Lo que nuestros padres han hecho por nosotros nunca podremos devolvérselo, no podremos pagarlo más que haciendo nosotros lo mismo por nuestros hijos, es decir, sirviendo todos al futuro de la vida, la cultura y el espíritu humano. Incluso una verdad tan sencilla como esta parece haber sido olvidada por nuestro tiempo. Los hombres y mujeres de hoy parecen haberse desentendido de la deuda que cada uno tiene con el río de la vida humana. A pesar de eso, finalmente hasta los medios de comunicación, que durante mucho tiempo han estado eludiendo el problema, más preocupados por hacer propaganda de la contracepción, han puesto sobre el tapete la grave cuestión del envejecimiento y de la disminución de nuestra población por causa de la baja tasa de natalidad.

El problema demográfico, además de sus concomitancias biológicas evidentes, tiene derivaciones sociales y morales nada despreciables. Una población envejecida es una sociedad envejecida, carente del impulso de la sangre joven, de esa alegría de los niños que hace nacer el mundo de nuevo en cada generación. Pero además, los problemas económico-sociales pueden cuantificarse sin ambigüedad: la ausencia de gente joven implica que no existe la suficiente base de población activa como para sostener a las clases pasivas, con lo que el sistema de pensiones y de asistencia sanitaria se enfrentan hoy a un desmantelamiento parcial o a una quiebra anunciada. Pero siendo el cuidado de nuestros mayores uno de nuestros deberes más nobles e inexcusables es obligación de los gobernantes tomar todas las medidas sensatas que sea posible para asegurar la vitalidad de la población y la viabilidad de las conquistas sociales.

Una vez más debemos preguntamos por las causas últimas de esta situación, y en seguida nos damos cuenta de que el origen puede encontrarse en una ideología y en una mentalidad ferozmente individualista y caracterizada además por un igualitarismo que malentiende radicalmente la equidad. Este individualismo y este igualitarismo emanan a su vez de esa concepción del ser humano propia del racionalismo moderno que hemos analizado páginas atrás. En consecuencia, el problema demográfico debe ser entendido como otro de los problemas estructurales del actual modelo social e ideológico. No es difícil percatarse de que el individualismo degenera con facilidad en un egoísmo que tolera mal las responsabilidades y los sacrificios que la crianza de los hijos obliga a asumir. Pero, ¿cómo afecta el igualitarismo a la demografía? Esencialmente a través del trato social dispensado a la mujer.

La ideología moderna en la medida en que, en sus aspectos negativos, desatiende las determinaciones naturales del ser humano concreto, se muestra incapaz de ofrecer sitio y reconocimiento a las peculiaridades biológicas y psicológicas de la mujer. Nuestra sociedad no ha sabido concebir otro modo de emancipar a la mujer más que obligarla a ser y comportarse como el hombre hasta extremos lesivos para su feminidad. A la mujer ha venido a decírsele: «se te aceptará en sociedad en la misma medida en que renuncies a ser lo que eres y consientas en convertirte en servil imitadora del modo de vida masculino». Y esta admisión en sociedad ha consistido principalmente en la incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo en las mismas condiciones que el hombre y sin ningún miramiento para con su especificidad sexual ni para con su delicada función de madre. Como resultado, la mujer ha quedado socialmente esterilizada, enfrentada a la tarea sobrehumana de trabajar fuera de casa como el hombre y a la vez encarar embarazos, partos y lactancias. No estamos diciendo que el hogar y los hijos sean competencias exclusivas de la mujer ni pretendemos minimizar la importancia de la paternidad, no proponemos una vuelta a esa antigua y rígida separación sexual de las tareas. Nos limitamos a señalar la obviedad de que en la reproducción humana la naturaleza ha asignado a la mujer una función decisiva en la que el hombre no puede sustituirla y que ha de ser socialmente reconocida y protegida. Sólo el fanatismo ideológico puede cegar contra esta realidad. Hemos de reconocer que el proceso emancipatorio de la mujer, tal como lo ha planteado nuestra época desde perspectivas chatamente igualitaristas, ha discurrido en general por un camino equivocado. A la mujer había que haberle ofrecido la posibilidad de incorporarse a la formación, a la cultura y al trabajo en condiciones que no la obligasen a renunciar a parte de su naturaleza. Los errores cometidos en este asunto tienen consecuencias concretas, es más, tienen perjudicados, beneficiados y responsables concretos. Perjudicado ha sido en primer lugar el sexo femenino que tenía un camino mejor que nunca le fue ofrecido; perjudicado ha sido el conjunto de la sociedad que finalmente se ve enfrentado a todas las derivaciones de una fuerte crisis demográfica; perjudicados han salido los padres y los hijos, los familias privadas de tiempo para sí mismas y que ganan hoy un 25% más de dinero sumando entre ambos cónyuges un 80% más de trabajo.

Pero beneficiados han resultado en general los compradores de mano de obra, que la han tenido más abundante, más barata y en las condiciones que les convenían; cierto es que la crisis de la natalidad puede volver a producir, con el tiempo, escasez de mano de obra, pero esos beneficiados tienen pensado resolver el problema y volver a beneficiarse importando mano de obra barata. Y, finalmente, responsables han sido, además de los beneficiados, el movimiento feminista y quienes movidos por una fatal ceguera ideológica lo han apoyado sin matices. Pero llegados a este punto, ahora, para aliviar la situación de la mujer, para mejorar la vida familiar, la situación demográfica de la nación y el futuro de las protecciones sociales, es necesario ofrecer decididamente a la mujer las posibilidades que hasta ahora le han sido sistemáticamente escamoteadas; en concreto, queremos sumar a la libertad de la mujer para integrarse en el mundo laboral, la libertad, ahora inexistente para la mayor parte de las mujeres españolas por razones económicas, de elegir como medio de autorrealización, el cuidado de sus hijos y el trabajo en el propio hogar; valorar y dignificar en la medida que le corresponde una función social de tan grande importancia en la estabilidad social, familiar y personal. Es el camino que quieren facilitar nuestras propuestas.