Identidad

El momento histórico que estamos viviendo nos muestra una curiosa situación: por una parte la ideología dominante toma como polos de referencia de manera cada vez más exclusiva al individuo y al mundo, por otra parte las identidades nacionales hacen testarudo acto de presencia exigiendo llamativamente sus derechos en numerosas partes del mundo. Lo cierto es que las ideologías derivadas del racionalismo ilustrado no parecen capaces de tratar adecuadamente el hecho nacional: la nación parece introducirse como una cuña entre ese individuo abstracto que el racionalismo ve en el hombre y esa humanidad abstracta que es la suma abstracta de todos los individuos abstractos.

Como, en su tiempo, fueron un obstáculo para el proyecto comunista de homogeneización a escala universal, hoy las identidades nacionales resultan particularmente molestas para quienes impulsan la homogeneización de la humanidad en un gran mercado mundial. Se insiste con frecuencia en que la nación es una creación de la Revolución, pero con ello se sostiene una opinión carente de rigor: lo que la Revolución consagró es el «Estado-Nación» como unidad jurídica y administrativa, es decir, como estructura formal de ciudadanos abstractos en consciente ruptura con las determinaciones históricas, culturales etc, que dan el contenido de una identidad nacional. Una estructura administrativa unificada no es una nación. Es perfectamente lógico que cuando el desarrollo de los transportes, las comunicaciones y los medios de control administrativo lo posibiliten objetivamente, tales estructuras administrativas tiendan a renunciar en favor de estructuras más amplias como la Unión Europea, la ONU etc- que administren a un nivel todavía más abstracto la vida de ciudadanos abstractos; y es que un ser humano despojado de sus raigambres y determinaciones, esto es, un ser humano abstracto, carece por principio de patria y puede ser sometido a un mercado o a una administración mundial.

En estos momentos incluso los ciudadanos occidentales empiezan a sentirse demasiado solos con su «yo puro» y parecen comenzar a darse cuenta que el residuo abstracto de humanidad que se obtiene privando al ser humano concreto de sus determinaciones colectivas no coincide con ese principio de universalidad que la razón misma, a la vez que las grandes religiones, han postulado siempre en el hombre. Por eso ante el proyecto de destruir las identidades nacionales para sustituirlas por una humanidad abstracta de diseño racionalista, ante ese proyecto del que no se sabe si resulta más alarmante el éxito o el colapso, los pueblos tienden hoy a defender su humanidad concreta y real haciendo renacer la conciencia de su identidad nacional, como una vinculación y una constitución colectivas más profundas que las relaciones de pura administración o intercambio mercantil.

Si una nación no es una simple estructura administrativa o comercial, ¿qué es una nación? En principio una nación es una comunidad política y cultural, consciente de su unidad, y que por la amplitud de su ámbito supera el marco del individuo pero no alcanza la extensión de la humanidad. Para que esta comunidad no sea una simple demarcación administrativa o un segmento del mercado mundial, es decir, para que sea una nación, su unidad debe descansar sobre fundamentos constituyentes de una identidad nacional. De estos fundamentos hay unos que podemos llamar «objetivos» por ser independientes de la voluntad de los miembros de la comunidad, por constituir un substrato que cada uno de ellos encuentra ya constituido cuando viene al mundo: una comunidad de lengua, de parentesco, de cultura, de religión, una unidad geográfica y climática, una historia y una tradición comunes etc. Este substrato previo ofrece la base para que los miembros de la comunidad en cuestión añadan el elemento subjetivo de la nacionalidad: la conciencia de unidad y la voluntad de enfrentar unidos un único destino histórico, esto es, de presentarse como una unidad ante los demás pueblos. Una nación es, por tanto, un conjunto de raíces compartidas y a la vez una andadura histórica proyectada hacia el futuro.

A través de su pertenencia a la nación el hombre se abre, desde sus raíces particulares, a la historia universal; a través de esta pertenencia la vida humana transita continuamente desde el pasado hasta el futuro. La nación es, así, el marco vital en el que se articula la existencia histórica de los pueblos, un marco que en virtud del principio de comunidad supera el individualismo, y en virtud del principio de diferencia se aleja del universalismo abstracto. Pues bien, mientras que la ideología y las fuerzas sociales hoy dominantes tienden a la disolución de estos marcos vitales la propuesta que llamamos Alianza Lógica sostiene que las naciones son las piedras angulares de la existencia política e histórica de los pueblos.
Si hemos bosquejado, aunque sólo sea de manera instrumental, qué entendemos por una nación, tenemos ahora que plantearnos, como iniciativa política concreta que representamos, integrada por seres humanos concretos, una segunda pregunta: ¿cuál es nuestra nación?.

Cada uno de nosotros, además de ser miembro del género humano y habitante del planeta Tierra, tiene una multiplicidad de identidades colectivas; así, uno puede ser gallego y en un nivel superior, español, y, aún en otro nivel, europeo. ¿Cuál de esos niveles de pertenencia colectiva corresponde a nuestra nación? Hoy en día consideramos que el nivel propiamente nacional debe ponerse en el nivel en el que deba establecerse una unidad política. Esto es así porque hemos definido la nación sobre los rasgos de una conciencia de unidad y de una voluntad de comunidad histórica de destino y parece evidente que esa conciencia y esa voluntad se materializan adecuadamente en la unidad política que queda definida por el concepto de soberanía nacional. En consecuencia si determinamos sobre qué ámbito resulta lógico instaurar una unidad política habremos obtenido a la vez el criterio para decidir a qué ámbito de identidad colectiva debe corresponderle la categoría de «nación». La Historia demuestra que sólo es posible establecer permanentemente una comunidad de destino histórico allí donde existe una comunidad de sentido, o sea, una manera común de entender la existencia, donde se comparte una interpretación particular de cómo debe realizarse en concreto la naturaleza humana universal. No es, por tanto, adecuado reunir bajo una unidad política a comunidades que no comparten el mismo sentido general de la vida, ni parece tampoco lógico dividir en distintas unidades políticas a una colectividad bien caracterizada por una comunidad general de sentido. Consideramos que la colectividad así caracterizada a la que nosotros pertenecemos es la que está hoy contenida dentro de las fronteras del territorio nacional español. Consideramos, que nuestra nación es España y en virtud de esta consideración nos declaramos patriotas españoles. Esta posición nos lleva a rechazar en primer lugar el separatismo. Este rechazo es inevitable desde nuestra perspectiva; en efecto puede defenderse seriamente que los catalanes comparten entre sí un sentido general de la vida que no comparten con los aragoneses?, ¿o que los vascos constituyen una comunidad de sentido a la que no pertenecen los asturianos o los habitantes de La Rioja? Que existen diferencias culturales y lingüísticas entre unos y otros habitantes de España es indudable, pero que esas diferencias impliquen diferentes comunidades de sentido en lo general sería una pretensión ridícula. Los españoles por razones de comunidad histórica, geográfica, cultural, de parentesco etc, constituimos un pueblo bien caracterizado que no puede reducirse a Castilla o a lo castellano- y sobre ese substrato compartido compartimos un estilo vital propio.

En razón de esta realidad no están justificadas las pretensiones de convertir esas diferencias que entre sí poseen los españoles en fundamentos de una fragmentación de la unidad política nacional. Ninguna unidad territorial dentro de España posee los fundamentos que justifiquen la pretensión de constituirse en una unidad política separada, es decir, en una nación separada de España. Consideramos, en resumen, que el significado de la diversidad que se da entre los españoles es exclusivamente lingüístico-cultural y en manera alguna política.
Ahora bien, es absolutamente necesario dejar claro que esa identidad española no ha sido forjada por el centralismo, por el jacobinismo ni coincide exclusivamente con lo castellano; todos los españoles somos hispani desde el Imperio Romano y los combatientes que en las filas carlistas lucharon el pasado siglo por la patria española combatían a la vez contra un centralismo ajeno a nuestra tradición, y en muchos casos apenas sabían expresar su ferviente españolidad más que en catalán o en euskera: eran genuinamente españoles aun antes de aprender una sola palabra del castellano. El centralismo es una deformación de la tradición nacional española que cuando se establece en España, de manos de los Borbones, termina generando como reacción el problema del separatismo, hasta ese momento esencialmente inexistente. En segundo lugar debemos aplicar nuestro concepto de nación a la cuestión europea. Cabría argumentar que Europa sí constituye una comunidad general de sentido fraguada por la cultura clásica, la herencia cristiana, el proyecto de la Ilustración y la reciente experiencia de sus límites. Desde estas bases podría argumentarse en favor de la constitución de una nación europea única como unidad política soberana, de manera similar a como antes hemos argüido en favor de la nación española. Sin embargo, dos diferencias ponen de relieve que cuando hablamos de España y de Europa hablamos de casos diferentes. En primer lugar, las diferencias entre los distintos pueblos europeos son mucho más acusadas que las que pueden encontrarse en el interior de España: valga como botón de muestra, algo anecdótico si se quiere, que en general nadie puede distinguir a simple vista a un gallego de un valenciano, pero en general es fácil distinguir en una ojeada a un español de un extranjero. En segundo lugar, hoy estamos fácticamente enfrentados a un proyecto de construcción europea que no tiene nada que ver con un proyecto nacional europeo, sino que es un simple escalón en el proceso de construcción ideológica de una humanidad abstracta y de construcción material de un gran mercado global; el proyecto europeo que ahora mismo existe -la U.E.» es netamente antinacional. Los europeos no estamos hoy por hoy en condiciones de constituir una verdadera unidad política dotada de una potente soberanía efectiva, y sería una locura renunciar a la soberanía que todavía conservan nuestras respectivas patrias históricas en un momento en que fuerzas poderosísimas presionan a favor de la disolución de toda identidad nacional. Nuestra patria histórica, España, es, por esto, la plataforma política más adecuada para resistir a los ataques contra todos los niveles de nuestra identidad colectiva y con ello es también nuestro punto central de referencia política y nacional. A la vez que sentamos estos principios debemos dejar clara nuestra voluntad de recuperar esa antigua tradición española que era capaz de articular sin conflicto en niveles distintos cada estrato de la pertenencia colectiva de cada español: la patria chica, la nación española y el Occidente europeo.

La pérdida de esta tradición es la que dio lugar a dialécticas perversas entre términos extremos que se oponían y alimentaban recíprocamente: centralismo/ separatismo, antieuropeísmo / antiespañolismo. En cualquier caso es de justicia señalar que un proceso de integración europea sobre bases nacionales y culturales, que hoy por hoy no existe, sería siempre un proceso constructivo e integrador y no podría ponerse en simetría con el separatismo, que es un proyecto de desintegración.
Finalmente es preciso dejar claro que desde el punto de vista de Alianza Lógica el motivo de la identidad nacional no puede convertirse en fundamento de ningún particularismo: la idea nacional se basa en el reconocimiento universal de que la naturaleza universal humana se expresa de diferentes maneras según los diferentes tiempos y lugares, y de que es necesario reconocer a todos los pueblos el derecho a su identidad y a su soberanía nacional.